1
¡Alabado el gran manantial
que de sangre Dios nos mostró!
¡Alabado el Rey que murió;
su pasión nos libra del mal!
Lejos del redil de mi dueño
vine pecador perdido y vil,
y el cordero sangre vertió:
me limpia solo este raudal.
CORO
Sé que solo así, me emblanqueceré.
Lávame en tu sangre Jesús;
y nívea blancura tendré.
2
La punzante insignia llevó;
en la cruz dejó de vivir;
grandes males quiso sufrir;
no en vano Cristo sufrió;
al gran manantial conducido
que de mi maldad ha sido fin,
lávame le pude decir,
y nívea blancura me dio.
3
Padre de ti lejos vagué;
extravióse mi corazón.
Como granas mis culpas son,
no con agua limpio seré,
a tu fuente magna acudí;
tu promesa creo; oh Jesús.
La eficaz virtud de tu don,
la nívea blancura me dé.
